Iglesia Visión de Futuro

UN CAMINO ABIERTO

Lunes 6 de agosto

Por Omar Cabrera Jr.

Qué hermoso es saber que la obra de Jesucristo en la Cruz del Calvario es una obra completa. Una obra que el Señor hizo una vez y para siempre, y a través de esa obra se abre un camino nuevo y vivo a la misma presencia del Señor.

Estando Jesús colgado entre cielo y tierra (allí en la cruz), tuvo un diálogo justamente con aquellos que fueron crucificados a Su lado. Dice la Palabra de Dios: “Había también sobre él (sobre Jesús) un título escrito con letras griegas, latinas y hebreas: ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS” (Lucas 23:38). “Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, (lo insultaba) diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros”. No creo que esa sea la mejor manera de pedir salvación.

“Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo. Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (vers. 40-42). Qué diferente pedir de una manera y pedir de esta otra; es decir, reconocer que Él es el Cristo y que no había hecho ningún mal.

Ese Cordero de Dios que fue inmolado desde antes de la fundación del mundo, ese Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, estaba en ese momento dando Su vida por la humanidad. Uno lo insultaba, el otro lo reconocía. Reconocía que nunca había hecho nada malo, reconocía Su inocencia, reconocía que gracias a esa inocencia Él era un Cordero sin mancha, sin defecto, un sacrificio perfecto que podía ser presentado a Dios para la salvación de cada uno de nosotros.

Hebreos 4:15 dice: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”. Es decir: tenemos un sumo sacerdote que se asemeja a nosotros en todo, en nuestras debilidades, en nuestras inseguridades, en nuestras emociones, en nuestra carnalidad, pero aclara: sin pecado, ¡nunca pecó! Él se entregó como ese Cordero santo y sin pecado por cada uno de nosotros.

“Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”, le dijo el malhechor, y el Señor declara sobre él lo que es mi oración que Dios exprese sobre tu vida también: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (ver. 43b). Tú que me aceptas como ese Cordero sin mancha, como Aquel que nunca hizo el mal, que no pequé, si me aceptas de esa manera, hoy comenzará una intimidad, una fresca comunión y se abrirá sobre tu vida un camino nuevo y vivo a la mismísima presencia de Dios.

Termina de decir eso, “Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró” (vers. 46), dio Su vida por ti y por mí, derramó hasta la última sangre. Si yo confieso mi pecado, la promesa es: “Si confesamos nuestros pecados, él (Jesucristo) es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos (continuamente de todo pecado y) de toda maldad” (1 Juan 1:9). “Cuando el centurión vio lo que había acontecido, dio gloria a Dios, (también clamó) diciendo: Verdaderamente este hombre era justo”.

Jesús es justo el hombre que necesitas para recibir salvación. Que hoy le puedas decir conmigo: “Señor, acuérdate de mí cuando vengas en Tu reino. Acuérdate de mí, un hombre pecador, un malhechor, alguien que ofendió, hirió a Dios, que se reveló en contra de Él. Hoy te abro de par en par las puertas de mi corazón, y te pido que lo limpies de todo mal y de toda iniquidad. Te pido que Tu sangre me haga una nueva criatura, que las cosas viejas pasen, que todo sea hecho nuevo, gracias a Tu sacrificio. Te lo pido por los méritos y en el Nombre de Jesús. Amén y amén”.