Iglesia Visión de Futuro

“Señor: dame el milagro”

Lunes 16 de abril de 2018

Por Omar Cabrera Jr.

La semana pasada (en esta Palabra Semanal) hablábamos de alguien que de acuerdo a la tradición es llamada Lidia, la mujer del flujo de sangre (Marcos 5) y de cómo ella se determinó y se decidió a recibir el milagro y la victoria que anhelaba.

Hoy quiero usar otro ejemplo, el de un hombre de 75 años, alguien que había tomado una decisión súper osada de dejar su tierra, su parentela, la casa de su padre e ir a una tierra desconocida. Imagínate decirle a su esposa:

– Sara, eh… sentí que Dios me guía a ir a algún lugar.

– ¿A dónde?

– No sé.

– ¿Y cómo es?

– No sé.

-Y… ¿hay árboles?

– Qué sé yo.

– ¿Habrá muchos animales allí?

– No tengo idea.

Él, el padre de la fe, se determina a ir a una tierra que Dios le iría a mostrar y ahí viene la promesa de Dios: “Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12:2-3). Él se lanza en fe, va, y el respaldo de Dios estaba sobre su vida.

Próximo capítulo leemos “Y Abram era riquísimo en ganado, en plata y en oro” (13:2), la mano del Señor estaba sobre él. Pero, lamentablemente, había algo que faltaba, esa promesa que el Señor le había hecho de tener una gran familia, de dejar una gran herencia y que esa herencia seria como la arena del mar, no se estaba cumpliendo. En vez de estar decidido y determinado yo leo como que Abram estaba desganado, desilusionado, tal vez hasta podríamos decir deprimido, y Dios viene y lo saluda de una manera súper efusiva; le dice: “No temas, Abram; yo soy tu escudo, y tu galardón (recompensa) será sobremanera grande” (Génesis 15:1b)  ¡Guau! con un saludo así de parte de Dios.. no sé,  a mí se me “rompe” la camisa, me agrando todo.  Abram le responde: Ah, sí… claro, para que quiero una recompensa tan grande… para qué tantas bendiciones… ¿para que se lo queda este criado mío?  (Génesis 15:2-3 parafraseado). Habla de Eliezer, que era de Damasco (el damasceno), alguien que, aparentemente, como Abraham transitó desde Ur de los Caldeos, había pasado por Damasco y lo había hecho parte de la troop (del inglés, escuadrón), del grupo. ¿Al final, este damasceno va a heredar todo lo que tengo?, Dios: no me has dado hijos. Y es como que Abram, aunque era padre de la fe, si bien había visto tremendas victorias en su vida (la prosperidad de Dios, el liberar a su sobrino cuando terminó esclavo por una gente que lo apresó), no obstante, él veía la mano de Dios, pero eso que más anhelaba, lamentablemente, no lo podía lograr; no podía tener el hijo de sus sueños.

Tal vez hay algún sueño en tu vida que todavía no has podido alcanzar, no has obtenido el anhelo de tu corazón; estás luchando, ves la mano del Señor en algunas áreas de tu vida, victoria contra tus enemigos, prosperidad en algunos aspectos, mas eso que tanto anhelas, no llega. Y dices: Señor, al final, para qué me bendices con todo esto, ¿para que se lo deje a otro?  Señor, sabes lo que yo anhelo, sabes lo que yo deseo, ¡dame el milagro! Y ahí el Señor lo saca de esa estructura tan cerrada, lo saca de su tienda, hace que mire las estrellas para que visualice lo que Él le estaba diciendo, y en ese momento dice que “Y Abram creyó al Señor, y el Señor lo consideró justo debido a su fe” (Vers. 6 NTV).

Que hoy puedas creer, que hoy te puedas determinar a decirle al Señor: “Acepto cada una de Tus promesas, cada sueño que pusiste en mi corazón. Me aferro a la esperanza, me aferro a las promesas que tienes para mi vida. Creo. Creo y te pido que lo creí me sea contado en el cielo por justicia, y que se materialice pronto en el Nombre de Jesús. Amén y amén”.