Iglesia Visión de Futuro

“Salmos 22”

Serie: Intimidad con el Amado (2)

Domingo 18 de septiembre de 2016

 

Rvdo. Omar Cabrera Jr.

Los Salmos son la expresión personal a un Dios soberano, a un Dios supremo, a un Dios que nunca se cae de Su trono. A través de los Salmos le puedo expresar al Señor cuáles son mis quejas, cuáles son mis necesidades y cuáles son mis adversidades; qué es lo que me tiene angustiado y afligido, sabiendo que Él tiene cuidado de mí. Es lo que hace el salmista en el Salmo 22.

Al comienzo del Salmo vemos como David se expresa de lo más profundo de su alma y le dice al Señor: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Son las mismas palabras que Jesús citó cuando estaba en la Cruz del Calvario; y tenemos que entender que cuando un judío menciona -como Jesús- parte de un texto se está refiriendo a todo el contexto. Por ejemplo: “No sólo de pan vivirá el hombre”, dijo el Señor Jesús, Deuteronomio capítulos 6, 7 y 8. De esos capítulos toma las respuestas que le da al diablo en los momentos de la tentación. Entonces, si yo quiero entender cómo vencer la tentación tengo que ir a Deuteronomio capítulo 6, capítulo 7 y capítulo 8 para comprender qué es lo que el Señor está enseñando en todo ese texto.

Él dijo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor? Dios mío, clamo de día, y no respondes; Y de noche, y no hay para mi descanso. Pero tú eres santo, Tú que habitas entre las alabanzas de tu pueblo” (Versículos 1b-3). Cuando me pongo a alabar y adorar al Señor solo, Dios me rodea. Cuando adoro con un hermano y otro hermano, con una congregación, dice la Palabra que ‘Dios habita entre la alabanza de Su pueblo’. Cuando me pongo a alabar y adorar al Señor en el momento de adversidad, en el periodo de prueba, cuando siento que hasta el Señor me abandonó, Dios se hace presente en ese mismo lugar. Si sigo adorando y alabando al Señor seguiré dándole a Él un lugar dónde habitar. ‘Dios habita entre las alabanzas de Israel, está entronizado en las alabanzas de Su pueblo’.

Sigue David expresando lo más profundo de su ser y, en el versículo 11 dice: “No te alejes de mí, porque la angustia está cerca y no hay quién me ayude”. Vemos acá que comienza la descripción de una escena que para cada uno de nosotros es muy familiar. La vimos en la película “La Pasión”, la vemos en Semana Santa en tantos audiovisuales que se han hecho cuando Jesús se enfrenta al motivo por el cual vino a esta Tierra: el momento en el que Él da Su vida por cada uno de nosotros. En aquella oportunidad, cuando la guardia del templo toma a Jesús y lo lleva para ser juzgado, todos se fueron. Dice la Palabra que hasta uno a quien lo quisieron agarrar, dejó la túnica y salió corriendo desnudo (Marcos 14:52). Todos desampararon, todos abandonaron al Señor.

Sigue diciendo en esta descripción: “Me han rodeado muchos toros; fuertes toros de Basán me han cercado. Abrieron contra mí su boca como león rapaz y rugiente. He sido derramado como el agua. Y todos mis huesos se descoyuntaron” (vrs 12 al 14). Está relatando todo lo que Jesucristo padeció para traer salvación, redención, identidad, ruptura de toda maldición, la cancelación de toda deuda pendiente con el diablo, con el pecado y aún contra Dios. Jesús, con Su sacrificio en la Cruz del Calvario, pagó el precio por mi redención total.

En esta visión profética el salmista describe todo lo que Jesucristo padeció en esos momentos tan dolorosos. Versículo 14: “He sido derramado como aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron; Mi corazón fue como cera, Derritiéndose en medio de mis entrañas”. Recordarás cuando el centurión atraviesa la lanza para ver si estaba vivo o no y dice que fluyó agua y sangre (Juan 19:34). Cómo que al explotar ese corazón fluye la pleura y la sangre. Está acá detallando cómo el corazón del Señor Jesús se hizo como cera y se derritió dentro de Él.

Continúa el Verso 15: “Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar. ¡Me has puesto en el polvo de la muerte!”. Y Él dijo: “¡Tengo sed!” (Juan 19:28) y, en vez de traerle algo de beber le trajeron vinagre mezclado con hiel (con ajenjo u otra cosa amarga).

Seguimos leyendo en el versículo 16-18: “Porque perros me han rodeado; me ha cercado una banda de malignos; horadaron mis manos y mis pies. (Se refiere al momento cuando le fueron clavados esos clavos en Sus manos y en Sus pies, cuando Su cuerpo fue atravesado por ti y por mí) Contar puedo todos mis huesos; entre tanto ellos me miran y me observan. Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes”. Toda una minuciosa descripción -escrita miles de años antes- de lo que Jesucristo padecería por cada uno de nosotros.

Él pagó un alto precio para que cada uno de nosotros podamos vivir una vida consagrada a Dios, una vida dedicada a Él; para que cada uno de nosotros nos entreguemos a una vida de santidad para la gloria de Dios.

La Palabra del Señor dice que “Si confesamos nuestros pecados (1 Juan 1:9 promete que), Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad”. Declara: la Sangre de Cristo nos limpia de todo pecado y de toda maldad.

Cada vez que me acerco a esa obra perfecta que el Señor hizo, entiendo que se abre delante de mí un camino nuevo y vivo a la Presencia de Dios. Cada una de las cosas que Jesús padeció no las habrá padecido en vano porque Él lo hizo por mí, y yo -al apropiarme de ese sacrificio- recibo el perdón de mis pecados, la sanidad de todas mis dolencias porque por Sus llagas fuimos nosotros curados. Recibo la paz, una paz que sobrepasa todo entendimiento porque la Palabra de Dios dice en Isaías 53:5: “el castigo de nuestra paz fue sobre él”. Él pagó el precio, Él fue castigado para que yo pueda tener paz. Hebreos (10:20) dice que ‘se abrió un camino nuevo y vivo’ a la Presencia de Dios. Que hoy puedas transitar por ese camino nuevo y vivo; que hoy te pueda acercar al Señor y que Él pueda manifestarse en tu vida y limpiarte de toda maldad, de toda iniquidad, de toda debilidad y de todo pecado; y que puedas ver, a partir de hoy, que “todas las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17b) en tu vida.

Quiero guiarte en una oración para que puedas aceptar este sacrificio de Jesucristo en la Cruz del Calvario que fue hecho por ti. Si quieres aceptar a Jesús como tu Señor y como aquel que perdona todos tus pecados, te invito a que hagas esta oración:

“Señor, en esta hora te consagro mi corazón; te consagro mi voluntad, te consagro mi vida. Te pido perdón por todos mis pecados, por todas las cosas malas que hice, por las veces que me aparté, me rebelé en contra de Ti y de Tu voluntad; hoy te pido, Señor, que me perdones todos mis pecados y que me aceptes como hijo Tuyo. Creo que la sangre de Jesucristo me limpia de todo pecado y me hace una nueva criatura; a partir de hoy soy hijo de Dios y viviré conforme a Sus propósitos. Amén”.