Iglesia Visión de Futuro

“Perdono y suelto”

Serie: Cambiando la atmósfera

DOMINGO 13 DE NOVIEMBRE DE 2016

Rvdo. Omar Cabrera Jr.

Hemos estado orando todos estos días, clamando al Señor, buscándolo de corazón, sabiendo que Él desde los cielos nos oye, que perdona nuestros pecados, que trae sanidad a nuestra tierra; pero lo cierto es que la sanidad empieza en nuestras vidas.

La semana pasada me referí al ruego: “El pan nuestro de cada día dánoslo hoy”, e inmediatamente después en esta guía de oración que Jesús nos da  dice: “Y perdónanos nuestras deudas, así como perdonamos a nuestros deudores” (Mateo 6:12). Dios nos enseña a través de Su Palabra a vivir con actitud de perdón; una vida donde el amor de Dios inunda el corazón y como dice 1 Pedro 4:8 que donde está ese amor profundo, ese amor ferviente, ese amor cubre multitud de faltas, de pecados, o ese amor produce lazos perfectos.

Cuando soy inundado del amor de Dios voy a poder vivir una vida de perdón. Creo que para Jesús este tema es tan importante que si uno estudia el Padrenuestro (en Mateo capítulo 6:13-15), al final de esta enseñanza termina expresando: “porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas”. El perdón que yo suelto, será el perdón que yo reciba.

Ya del Señor recibimos el perdón más grande -el perdón de todos nuestros pecados, el perdón de todas nuestras faltas- la Palabra de Dios hasta nos promete que si nos arrepentimos y “Si confesamos (a Dios) nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos (constantemente) de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Si estás viviendo apartado del Señor o endureces tu corazón en rebeldía,  pues Isaías dice: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino” (Isaías 53:6), el perdón es la puerta, es la clave para que puedas entrar en la presencia del Señor para decirle como nos enseñó Jesús: “Padre nuestro -Padre mío- que estás en los cielos”.

Ahora, mi pregunta sería: ¿cuántas veces tengo que perdonar? En Mateo 18 Jesús está hablando con Pedro y tratan este tema porque él le pregunta: ¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi prójimo?,  ¿hasta siete veces si peca contra mí? Y Jesús responde y dice: “Hasta setenta veces siete” (vers. 22). Setenta por siete son cuatrocientas noventa veces. ¿¡Te imaginas tener que perdonar a alguien cuatrocientas noventa veces!? Bueno, hoy que me tocó venir hasta las Oficinas en el momento de peor tráfico; tuve que entrar a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires donde viven millones de personas (16.000.000 en la Ciudad y el gran Buenos Aires). ¿Cuántos millones de vehículos habrá en esta metrópoli? Parece que hoy estaban todos en contra de mí y Dios me dio la maravillosa oportunidad de perdonar, y de perdonar y de perdonar… Creo que no fueron cuatrocientos noventa veces, no llegué. Si la carne es la que gobierna es difícil perdonar cuando un camión, un colectivo, un vehículo o aquella persona a la cual se le cedió el paso, ahora que necesita que se lo ceda, no se lo cede. Es bastante difícil perdonar; la carne quiere gobernar en ese momento; pero Jesús dice que tenemos que vivir una vida de perdón.

Yo sé que cuanto más cercana a uno es la persona, más profunda son las heridas; ya que, por ejemplo, si un carnicero que no conozco dice algo de mí no me afecta; pero que lo diga mi hermano, mi hermana, algún hijo o algún discípulo de confianza me produce una herida muy profunda, ¡cómo me afecta! Y ahí es cuando tengo que decirle al Señor: -Así como me perdonaste a mí y me diste la salvación, dame la gracia de perdonar, de poder soltar la ofensa, de dar vuelta la hoja, Señor.

El ejemplo que Jesús da de estos dos deudores, uno que debía cien denarios y el otro que debía diez mil talentos, es decir una exageración; no sé cuantos millones de dólares serian diez mil talentos en el día de hoy; y este que fue perdonado esa increíble deuda, uno la puede comparar a la salvación, no hay nada que hubiésemos podido hacer para obtener la salvación, fue por el amor y la misericordia de Dios, no por obras para que no nos jactemos (como dice Pablo); no, fue pura gracia divina. Fuimos perdonados de tremenda deuda y, ¿nos damos vuelta y queremos ahorcar y meter en prisión al que nos ofendió en algo tan pequeño?

“Padre, perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Yo creo que la falta de perdón ata a las personas como lo dice la parábola de Jesús. Cuando el rey se entera que no había perdonado, lo metió para ser torturado, para vivir en prisión. La falta de perdón hace que la gente quede atada. Jesús miró a sus verdugos mientras estaba siendo crucificado y dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34a). Esteban declaró: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (Hechos 7:60b); gracias a Dios que no lo tuvo en cuenta, si no Saulo de Tarso (que estaba ahí, que se convirtió luego en Pablo, el apóstol) no hubiese podido escribir casi la mitad de los libros del Nuevo Testamento; Esteban lo soltó.

Que Dios te dé la capacidad de soltar, de tomar la decisión no basada en tus emociones sino en tus convicciones para soltar a aquellos que te han ofendido.

Te pido que te unas a mí en esta oración.

Querido Jesús: Hoy yo suelto a todos los que me han hecho daño. Señor, no les tengas en cuenta sus ofensas a aquellos que me han herido con total alevosía, a aquellos que lo hicieron sin darse cuenta pero que me produjeron tanto daño. Yo hoy los suelto. Proclamo bendición sobre sus vidas; te pido, Señor, que si estaban atados y ligados por mi falta de perdón, ahora puedan ser libres para la gloria de Tu Nombre. Yo los bendigo y creo que a partir de hoy me darás la gracia para reconciliarme con esa persona que tanto daño me hizo. Yo la bendigo y te doy gracias, Señor, porque hablaste a mi corazón y trajiste este cambio. Bendigo Tu Nombre, en el nombre de Jesús. Amén y Amén.