Rvdo. Omar Cabrera Jr.
Quiero darles un cariño y un saludo muy especial a todas las madres, a las cuales en esta semana reconocemos y valoramos por todo lo que hacen cada día del año. ¡Felicidades!
Seguimos hablando que Cristo está vivo en mí, y cuando Él vive en nosotros, cuando presentamos nuestros cuerpos como sacrificio vivo, cuando declaramos que ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí, cuando Dios nos hace una nueva criatura; lo lógico es que manifestemos en nuestra vida, un cambio, una trasformación. Esto quiere decir que en cuanto a la pasada manera de vivir, nos despojamos del viejo hombre, de la vieja naturaleza, entrando en esa santa y perfecta voluntad de Dios para cada una de nuestras vidas.
¿Cómo sé si el Señor está teniendo éxito o victoria en mi vida? ¿Cómo sé si ese tiempo de intimidad que estoy pasando con el Señor está produciendo resultados? La clave está en los frutos que manifiesto, cómo me conduzco cómo reacciono, cómo hablo, qué cosas hago, qué cosas guardo en mi corazón: ¿Hay raíces de amargura? ¿Mi corazón está lleno de malicia? De la abundancia de mi corazón hablará mi boca y seré evidente. ¿Qué frutos estoy dando?
Yo creo que Pablo nos deja ver muy claramente dos árboles: el árbol de la carne y árbol del Espíritu, para poder detectar cuál es el fruto que está dando mi vida. En Gálatas 5:16-18, el apóstol nos dice: “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley”. Pablo nos pide que andemos según el Espíritu y que no le demos alimento, satisfacción a la carne; porque la carne y el espíritu están uno en contra del otro, se oponen entre sí. Hay una lucha constante para ver quien va a prevalecer en mi vida, pero si soy guiado por el Espíritu, voy a vivir conforme a la ley del Señor, cumpliendo con Su santa y perfecta voluntad. Tendré la bendición y el favor de Dios en todo lo que haga.
Pablo menciona aquí los frutos de la carne, y es mi oración que los puedas erradicar de tu vida. (Vrs. 19): “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia…”. (Tal vez estás pensando: hasta ahora no entré en la lista) idolatría, hechicerías, enemistades, (…cada vez se está acercando más con la lista, pastor), pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejía…”, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas”. El hecho de que Pablo aclare diciendo “y cosas semejantes a estas”, me da la pauta de que la lista continúa, pero da la sensación que Pablo sabe cuánto podemos soportar, porque me imagino que en tres o cuatro de estas manifiestas obras de la carne, nos encontramos culpables. “Si pastor, es verdad, tengo enemistad con ese vecino con el cual me peleo siempre, y envidio a aquellos otros, y tengo celos de aquel… y tengo este problema de ira reprimida, pero cuando exploto usted no sabe de lo que soy capaz, mis palabras producen divisiones, y de vez en cuando cedo a la lujuria…”, todas éstas, son obras de la carne. Y el apóstol nos advierte en cuanto a esto; y agrega: “como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Vs 21). Constantemente tenemos que presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo en el altar de Dios para que le demostremos a Él nuestra devoción, para que consuma de nuestras vidas todas estas obras de la carne.
Tal vez hoy digas: “Bueno, pastor, pero yo nunca practiqué adulterio, yo nunca cometí ningún homicidio…”, si, pero Jesús nos dijo en el sermón del monte: Si odiamos a alguien ya hemos pecado en nuestro corazón, ya hemos matado, si codiciamos a una mujer, ya hemos cometido adulterio.
Que puedas pedirle al Señor en este día que te haga libre de todos estos frutos y que comiencen a manifestarse en tu vida los frutos del Espíritu que son estos: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley” (Vs. 22). Si tengo estos frutos en mi vida no permitiré que la carne sea satisfecha, voy a poder pelear y ganarle la batalla. Cuando reina el amor en mi corazón, no voy a cometer adulterio ni fornicación, no voy a vivir una vida lujuriosa. Si amo al Señor con todas mis fuerzas, no voy a ser una persona idólatra o que consulta a hechiceros; si reina el amor no viviré en enemistades, ni tendré celos, ni ira, y todo esto es sólo el primero de los frutos del Espíritu: el amor.
Si tengo el gozo, la paz y la paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza, y estoy lleno del Espíritu, no habrá lugar para que la carne se manifieste. ¿Cuál es la clave? Está en el siguiente versículo: “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”. Si quieres vivir una vida en el Espíritu, si quieres agradar a Dios en todo lo que haces, con todo lo que dices, etc., primero hay que crucificar la carne, hacer morir tus pasiones y vivir por el Espíritu, permitiendo que gobierne tu vida a cada instante.
Mi oración es que cada día las obras de la carne sean frutos más pequeños en tu vida y que el fruto del Espíritu se multiplique de tal manera que todo lo que hagas sea para agradar a Dios.
“Hoy Señor bendigo a cada uno de Tus hijos y te pido que les des poder para poder andar en el Espíritu, no dando satisfacción a la carne sino viviendo en Tu amor, en Tu gozo, en Tu paz, en Tu paciencia, Tu benignidad, Tu bondad, Tu fe, Tu mansedumbre y Tu templanza. ¡Llénalos del fruto de Tu Espíritu Señor! En el nombre de Jesús, Amén y Amén”.














