Iglesia Visión de Futuro

“El mejor regalo”

DOMINGO  25 de diciembre de 2016

 

Omar Cabrera Jr.

Esta es una semana muy especial; acabamos de celebrar Navidad. No sé qué regalos te habrán dado, si estás contento con lo que recibiste o si te desilusionaste un poco. En mi casa siempre tratábamos de engañar a mi papá, él nació un 24 de diciembre así que había que hacerle doble regalo, y  torta de chocolate porque era su cumpleaños; él siempre agarraba el paquete y decía “Ah… esto es” tratando de descubrir qué había adentro, por eso siempre tratábamos de disimularlo un poco para despistarlo; y así pasábamos un lindo momento.

Recuerdo una navidad… me tocaba predicar en un templo de la zona norte de la Ciudad de Santa Fe, un barrio no muy lindo; así que llevamos a mis hijas a la casa de papá y nos fuimos a preparar todo para esa reunión. Cuando llegamos a casa había alguien “haciendo de campana” (como se dice en Argentina con el fin de dar alarma a los que estaban robando) y cuando abrimos la puerta vemos que estaba todo revuelto, que algunos salían corriendo por el patio y saltaban al baldío de al lado, ni los corrí, pero se llevaron todos los regalos, inclusive los de las nenas, las videocaseteras, etc. Revolvieron todo, y yo se sentía tan sucio por haber vivido ese episodio en el que gente desconocida y de malvivir había entrado a mi casa. Y fui a la reunión a predicar en esa condición. Cuando Dios envió Su regalo, la gente no estaba preparada, así como yo no estaba preparado para que me roben todo antes de Navidad.

La gente no estaba preparada para la venida de Jesús. No estaban preparados los pastores que fueron a ver qué es lo que estaba pasando, y los ángeles les tuvieron que avisar. No estaba preparada la gente del gobierno, ni los profetas, ni los fariseos ni los saduceos. Nadie estaba preparado, de hecho, Juan (1:11) dice: “A lo suyo vino, y los suyos no lo recibieron”. Tampoco estaba preparada la ciudad para recibirlo, estaba colmada; no había lugar en el mesón. Esta mujer embarazada se tiene que mudar a esa ciudad por causa del censo que había indicado Augusto César, y termina dando a luz en un pesebre rodeada de animales, un lugar totalmente insalubre. Nadie estaba preparado para recibir ese regalo de Dios al mundo que se llamó Jesucristo. La pregunta es: ¿y tú estás preparado?

La Palabra de Dios hace una declaración de amor. Juan 3:16 -un texto que creo todos conocemos -dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a  su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna”. Ese era y es el regalo de Dios a la humanidad. Una humanidad que en su época no estaba lista para aceptar al Hijo de Dios, no estaba lista para aceptar el regalo de Dios. Él vino a esta Tierra, vivió años de oscuridad, de rechazo y de persecución. Es más, tuvo que dar cuenta a todas las instituciones de aquella época de que quién era y qué venía a hacer.

Los únicos que lo reconocían eran los demonios, pues decían: “¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?” (Mateo 8:29 RVR 1960). Dios mandaba un regalo y la humanidad no estaba lista. Hay regalos y regalos. No sé si te habrá pasado alguna vez que te obsequian algo, y lo mira preguntándote qué vas a hacer con eso. Yo tengo una colección de billeteras (no le diga a nadie) pero, me han regalado tantas que tengo de distintos colores y tamaños, importadas y nacionales, de cuero y de otros materiales. Muchísimas billeteras recibo, y cada vez que me regalan una, la agradezco porque hay que ser agradecido; pero en algunos casos me pregunto qué hago con esto ya que no soy de las personas que empaquetan de nuevo y se lo regalan a otro. No; la persona me está demostrando algo con ese regalo, yo lo considero y ahí las tengo archivadas hasta que les toque el turno.

Dice la Palabra de Dios en San Juan 3:17 “Dios no lo envió a su Hijo (el mejor regalo) al mundo para condenar al mundo”. De hecho, bien merecía el mundo ser condenado porque todos nos descarriamos, “cada uno se apartó por su camino” (dice Isaías), le dimos la espalda a Dios, lo rechazamos. Desde el Jardín del Edén que Dios trataba de mantener esa comunión y esa intimidad con nosotros. Hebreos 1 dice que mandó a los patriarcas y a los profetas; y como no los escucharon a ellos, decide enviar un nuevo mensajero: a Su propio Hijo. Nosotros, que vivimos de este lado de la Cruz, sabemos cómo lo trataron a ese Hijo del Altísimo; pero “no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”. (Juan 3:17). Ese es el plan de Dios aún hasta el día de hoy. Él sigue con el regalo empaquetado y te dice: ¿Vas a aceptar el mejor regalo que te puedo dar: que mi Hijo tome tu lugar y que pague el precio por tus pecados? “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”. (Romanos 6:23). Jesús toma ese precio y lo paga, y así Dios nos regaló con el Hijo la vida eterna, en Cristo Jesús.

Dice el próximo versículo (el 19) en San Juan 3: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas”. Hoy, una vez más tienes la opción, tienes la oportunidad de tomar la decisión de aceptar el regalo de Dios o rechazarlo. Yo no estaba listo para que vengan los ladrones un día antes de la Navidad; tampoco estaba listo el mundo para recibir a Cristo cuando vino en su momento, y de hecho, terminaron matándolo e intentaron hacerlo varias veces antes. Finalmente, lo matan en una forma injusta, sin juzgarlo, haciendo que el pueblo decida.

Hoy tienes otra decisión. Mi oración es que puedas aceptar el regalo de Dios al mundo. No te estoy ofreciendo una religión, te estoy ofreciendo una relación con tu Creador.  Ese Creador que nos creó a cada uno de nosotros para tener comunión con Él, la comunión que tenía con Adán y Eva, la comunión que se rompe cuando ellos pecan. Que hoy puedas decirle a Dios: “Voy a aceptar el regalo, voy a aceptar esta manifestación de Tu amor. Creo que de tal manera me amaste a mí personalmente que enviaste a Tu Hijo. Ese Hijo dio Su vida, derramó Su sangre. Hoy acepto ese sacrificio. Y al aceptar al Hijo, al aceptar el sacrificio y creer que Él es el Hijo de Dios, yo acepto el perdón de mis pecados. Acepto una nueva vida, acepto un nuevo comienzo. A partir de hoy veré al Hijo de Dios en mi vida, lleno de gracia y lleno de poder. A ese Unigénito del Padre que nació para dar Su vida por mí, lo acepto en mi corazón, y me comprometo a seguirlo y a servirlo todos los días de mi vida. Acepta, Señor, mi compromiso en el día de hoy, en esta semana tan especial. En el Nombre de Jesús. Amén y amén”.